El Muerto (Rubén Ariel García)

Adelina del Carmen Guerrero se acerca al muerto y cree ver en los pómulos el viaje trazado por las lágrimas. El hombre de camisa rosa o lila persiste inexorablemente muerto cuando ella se inclina a buscar sus ojos. Adelina del Carmen Guerrero camina rumbo a su casa; la sirena de la fábrica de zapatillas donde fue contratada como operaria para el mantenimiento y limpieza de moldes, resuena y planea en su cabeza impulsando un avioncito de papel imaginario. Un policía se aproxima y le indica que debe alejarse; es, precisamente, una orden que Adelina del Carmen Guerrero, sumisa, ejecuta. En el interior nauseabundo de la garita está el muerto: desparramado, sangriento y revuelto como un muerto. Una mujer murmura primero, y otra vocifera después, que tarde o temprano la justicia de nuestro Ejército alcanzará a cada terrorista. Ella vacila; no concibe que un recuerdo desordenado pudiera herir de tal manera a la memoria: el paso de las lágrimas por los pómulos, sobre la sangre y el polvo. Un pibe. Pobrecito. Le reventaron el pecho.

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