Muerto (Víctor Claudín)

El guitarrista se clavó una espina de madera acariciando el mástil, según los dedos buscaban el traste que correspondía al último acorde del tema. ¡Qué mal lutier!
Pronto se marcó una mancha de sangre en el suelo.
Sin embargo, siguió cantando porque si no, no le pagaban. No se lo podía permitir. También por ser un engreído.
El dolor de la almorrana había desaparecido.
Eligió echar un trago del cubata que guardaba junto a la pata de la silla entre canción y canción. No escuchó aplausos.
Sabía que era una noche miserable, desde lo del accidente, por eso andaba atento a cualquier miedo que pudiera paralizarle. No le preocupaba la reacción del público porque nadie había delante amenazándole con colmillos asesinos, pero sentía el frío de estar en el interior de un monstruo de metal. Era todo huesos y estaba cada segundo más débil; como hace el agua, la sangre abría camino y la herida se ensanchaba según transcurría el tiempo.
Decidió no moverse, era lo mejor para romper la pesadilla, para espantar la nostalgia de cuando vivía.

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