El mundo según las sombras (José David Herrero Morín)

En aquellos días la gente tenía una vida ordenada y segura. A las seis sonaba el despertador, a las siete estaban todos camino del trabajo o de sus quehaceres, daban educadamente los buenos días al llegar, criticaban a los políticos y médicos de turno en el descanso de media mañana. –Fíjate a mi prima, ¡quien iba a decirlo!, le dijeron que nada, y ya ves tú, no duró ni dos semanas…-. Y se disfrutaba una comida predecible a mediodía y se tomaba un predecible café con leche tibia. Se recogía predeciblemente a los hijos del colegio y se supervisaban las tareas escolares encomendadas. Y cuando las manecillas del reloj rozaban la hora justa, sin una exclamación ni una protesta mínima, todos se recogían debajo del edredón a soñar con trigales dorados mecidos por una brisa suave.
Los sábados se tenía, con suerte, sexo ordenado y sin sobresaltos. Y la misa los domingos, las mismas palabras y la misma regularidad. La gente nacía cuando tocaba nacer y moría cuando debía, sin hacerse notar. El mundo era agradable y gris y a nadie le dolía abandonarlo.

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