Nada personal (Lucas Reig)

El tipo no me caía nada mal. Cuando abrió la puerta de la habitación de aquel sórdido hotel con pasillos estrechos y alfombras verdosas por el moho y me vio sentado en el sillón de enfrente reaccionó muy bien. Se quedó quieto como una estatua, con el periódico debajo del brazo y la gabardina colgando. Supuse que esa inmovilidad tenía algo que ver con el revólver que tenía en mi mano. Le hablé con la voz más profesional y amistosa que pude, le dije que se sentara en la cama y dejara todo encima, sin tocar nada, y pusiera sus manos en las rodillas. Quería darle tiempo para asimilarlo, que comprendiera que no era nada personal, que un trato es un trato. Se relajó, me dijo: ¿puedo fumar?, y le contesté: claro que sí, amigo. Fumamos en silencio, mirándonos a los ojos, el sabía que no tenía ninguna oportunidad. Estaba tranquilo, y solo cogía la alianza de su mano izquierda y le daba vueltas sin parar, mientras fumaba aspirando la vida que le quedaba. Nunca supo que aquel gesto le salvó la vida, aquella alianza era exacta a la mía. Le dije: tío, hoy es tu día de suerte, olvídame y vete de la ciudad antes de esta noche. Cuando salí a la calle, un reflejo rojo iluminaba mis pasos.

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