Narciso (Jose Contreras)

Narciso sólo podía verla los lunes y los miércoles mientras su mujer acudía al gimnasio. Con tan poco tiempo para estar juntos, se había hecho ya adicto al sabor agridulce de la espera.

Para aquel día cálido escogió una combinación de colores alegres para su atuendo. Extendió toda la ropa sobre la cama para que no se arrugara, se duchó y se vistió.

Abrió la puerta del vestidor y se situó frente al espejo. Se retiró el flequillo que cubría parcialmente sus ojos y contempló su imagen. Ante su propio reflejo la vio aparecer frente a él, oliendo a perfume caro, con su brillante cabello castaño y su piel ligeramente bronceada. Su diminuto bolso en las manos, sus zapatos de tacón y aquel conjunto entallado de colores alegres que tan bien le quedaba.

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