Naturaleza muerta (Ana Zafra Zafra)

El ventanal sobresalía de la fachada en tres planos perfectos. Cada vez que Clara se adentraba en él sentía que estaba en un mundo a medias, entre la fría intemperie y el cálido refugio del salón.
La pátina polvorienta del horizonte no le molestaba. No era el infinito lo que sus ojos querían borrar. Ni el vaivén del columpio chocando con sus pensamientos. Era el sonido húmedo del cristal, desgarrado por el chirrido de sus cadenas. Hacía tres años que nadie lo pintaba y su herrumbre moribunda contrastaba con el enmarañado seto, empeñado en florecer.
Algún día, quizás, volvería a salir al jardín. Y hasta podaría el manzano para que no destrozase del todo el techo del cenador.
Claro que ese día, probablemente, llegaría después hasta el cobertizo y desharía el nudo de la cuerda que, oscilando cada minuto de los tres últimos inviernos, dibujaba círculos en el suelo siempre que, como aquella vez, el cielo se empeñaba en fotografiar con sus destellos las sombras de la noche.

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