No me cuentes cuentos (María Victoria Perdomo Gómez)

Cada día, la sirenita vomita la vida misma, porque le quema. Sin hacer ruido. Entre retortijones y escupitajos biliosos llora la farsa de su vida. Nadie puede ver su interior.

La sirenita está triste.

Muestra unas bellas escamas plateadas tan sugerentes como artificiales a quien presume gozoso por observarla y hacerla un poquito suya también.

Sainetes burlescos y teatrillos conforman una agenda apretada con nudos de corsé para cumplir con el contrato vitalicio de una tirana autoestima. Balbucea reclinada sobre el retrete a merced de un labio botulínico hinchado que evidencia la tiranía de tener que tunear sus nada más que no sé cuántos años.

Lágrimas saladas limpian su rostro, ahora, aliviado por el arrojo en escopetazo e increpa a los que la observan- ¡Solo un mequetrefe puede creer aún en sirenas!

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