No me veo (Paula García Carrero)

En los labios de la madre aquel eterno pitillo encendido. De fondo, el caminar de los pesados y preocupados pasos de un padre no cesaban. Yo, en una casa que no era mía, adopté su apellido durante un amargo episodio.

Una nube de tabaco y unas cortinas corridas, intentaban no hacer público al vecindario aquel llanto desconsolado. Sentada sobre las baldosas de un baño frío sus ojos, esquivaban su reflejo en el espejo. La culpabilidad discurría ya por las tuberías.

Tumbada ahora en la cama de una habitación compartida. Su madre, sin pronunciar palabra alguna, le arropaba. En el marco de la puerta el enfado y frustración. Dos puertas más allá, su hermana, a la que no me atreví a destapar los oídos, seguía apretando mi mano protegiéndose tras un escudo que no duraría para siempre.

Daba igual cuantos fueran los piropos recibidos, tampoco importaba su procedencia. No existía ojo más crítico que su ojo enfermo, ni verdad más cierta que su sombra distorsionada.

Sola, apoyada esta vez sobre las paredes de un pequeño baño público volvía a derramar una lágrima y forzar esa misma sonrisa al salir.

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