No te mires, puedes ver tu alma (Javier SanMar)

Un ruido quedo, un ruido casi hostil. Un ruido que subía cuidadosamente por las escaleras, que apenas se dejaba notar. No había ruido más parecido al llanto mudo que aquel que escalaba cada peldaño, casi de manera intuitiva. Y subía otro más, y otro. Seguía casi un ritmo; un patrón de caza. Al llegar al último piso, parecía convertirse en un ser extraño, como una sombra que toma el aspecto de aquello que recorre.
El espejo se hace pedazos, jamás habría pensado que este no proyectaría una sombra, sino al ente mismo. Su plan había fallado, o quizá había hallado la solución a su retorcida locura. El ruido, que hasta entonces era cazador, se convertía en presa.
Nadie en la casa se percató de la efímera visita que había hecho el ruido, primero portando la máscara de la venganza; luego, la de la vergüenza. Nadie presenció la temprana muerte del espejo. Solo una ínfima gota rubí, en perfecta simbiosis con uno de los múltiples cristales del suelo, quedó como testigo. La naturaleza putrefacta había dejado paso a la insípida esperanza. Esperanza que debía ser final.
Su sentencia queda por escrito en una carta ahogada, en su cuerpo también ahogado. Emana el aroma de la culpa, y del perdón.

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