Noche estrellada (Enrique Varas Cruzado)

Desde el último piso del zigurat de Ur-Nammu, Enheduanna contemplaba las estrellas. Sus luces titilaban en un cielo desnudo de oscuridad como las gotitas que brotaban de la fuente del jardín. En aquellos destellos temblorosos Enheduanna creía escuchar las tímidas palabras de los dioses.
Fue en aquella noche estrellada sin luna en los dioses le traían a la memoria a su padre, el humilde jardinero cuya codicia y ambición arrastró a su pequeña hija a la cima de aquella pirámide de arcilla. En los ojos tiznados de carbón, dos lágrimas se dibujaban en Enheduanna. No dudó en quitárselas inmediatamente con la punta de los dedos. Cerró los ojos y en la negrura de su existencia ya no escuchaba a los dioses. Escuchaba las gotas de la fuente que caían incesantes y que saciaban su sed y la del jardín. Tal era la necesidad. De sus labios escapó un suspiro que se perdió en la noche y que alcanzó las estrellas, donde los dioses le susurraban una dulce nana para que pudiera, al fin, dormir.

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