El nombre (Oswaldo Torres Ortiz)

De todos los vástagos, el cerdito menor quería ya no parecer tan cerdo y se dispuso a adoptar nuevos modales. Comenzó por sentarse a la mesa y dormir en cama en lugar de revolcarse en la inmundicia como lo hiciera antes con sus hermanos. Seguidamente rompió con su novia por “cerda”, o al menos eso le confesó a su madre. Bebía jerez y Dom Pérignon en ausencia de sus amos, y sus platos preferidos eran ahora restos de sushi, risotto, pulpo rebozado. Tomó prestados libros y engulló muchos de ellos. La Metamorfosis de Kafka llamó especialmente su atención, siendo este el único que retuvo bajo su almohada. A pesar de tanta lectura, y, de haber adquirido el hábito de la escritura junto un incipiente alcoholismo, nadie habría imaginado que su nueva rutina escatológica consistiría en dar vueltas en la cama enredado entre las limpias sábanas de un solitario y melancólico insomnio.

Llegado el día en que uno de sus amos notara su repentina transformación, y que ésta coincidiera con el extravío de uno de los libros de la biblioteca, el señor de la casa, acariciando su lomo, le susurró al oído: “siento mucho que tampoco tú te salves de la manzana que encajaremos en tu hocico, Gregorio”.

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