Oda al equívoco (Antía Cons Pequeño)

Y aquí estamos, al final de la vida, con tantos kilómetros recorridos a nuestra espalda y la sensación de que, a pesar de haber conocido mucho y a muchos, la realidad de la vida, su esencia, se sigue escurriendo entre nuestros dedos como hilos de agua que se escapan de las manos que intentan atraparla en su recorrido incesante río abajo, salvaje.
Qué ingenuos fuimos en aquel entonces, tan jóvenes y tan pueriles en nuestra idea de que, con cada año pasado, nos convertíamos en seres cada vez más astutos y sabios.
Si nos llegan a decir entonces que al final de nuestro recorrido íbamos a tener más dudas que certezas, no lo hubiésemos creído.
Y es que hubiese sido todavía peor el hecho de haber escuchado esas advertencias que haberlas desechado. Permitir que los miedos entrasen por los dedos de los pies y ascender como un veneno helador por las piernas hasta llegar al corazón, paralizando sus latidos e impidiendo que la sangre caliente ascendiera hasta el cerebro, motor vital que alimenta los sueños y se nutre de ellos para dar energía a la locura y la curiosidad; la alegría y la perseverancia; el anhelo y el valor.
Sí, que insensatos fuimos al no escuchar esos consejos, y qué sabios

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