Oiga, disculpe (Esther Hernández Santana)

—Oiga, disculpe.
—¿Qué?
—¿Estoy muerta?
—¿Cómo?
—Que si estoy muerta.
—No la entiendo.
—Verá, yo estaba tranquilamente paseando por la calle y de repente me ha arrollado un coche. Me acuerdo perfectamente.
—¿No lo habrá soñado?
—No. El caso es que de repente he despertado aquí. No sé qué sitio es, pero no tiene pinta de hospital.
—Señorita, me está asustando.
—¿Qué? ¿Por qué?
—¿No se oye? Me viene de repente y, sin conocernos de nada, me suelta un no-sé-qué de que está muerta. ¿No ve que está aquí de pie, vivita y coleando, hablando conmigo?
—Pues tiene sentido lo que dice.
—¿Ve?
—Quizá lo he imaginado.
—Claro.
—Tal vez sí lo he soñado.
—Exacto.
—Sin embargo…
—Ay.
—No, señor, de verdad: he soñado muchas cosas muchas veces, todas ellas situaciones surrealistas, esperpénticas y variopintas, o tal vez solo un deseo inconfesable. En fin, usted ya sabrá cómo va eso de soñar. La cuestión es que recuerdo la sensación que tuve durante y la que tuve al despertarme. Y no, estoy bastante segura de que esto no es un sueño y de que está pasando de verdad.
—Pero entonces, lo que dice es que está muerta pero también viva, ¿no?
—Sí.
—¡Bingo!

Y el señor y la falsa soñadora dejaron de existir.

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