Un otoño prematuro (Regina Navarro)

Es un día de esos de cielo gris y plomizo, de calor en la espalda y goteo intermitente sobre los cristales. Huele a tierra mojada, a hierba recién arrancada, a ayer… son los últimos días de un agosto infinito, de esos de noches frescas bajo las estrellas, jugando a adivinar constelaciones, fallando dos de cada tres. De esos en los que las hojas, demasiado amarillas, caen, anunciando un otoño prematuro. Aquel trajo manos jugando a tientas bajo las sábanas duras de una habitación aséptica, y los recuerdos de una vida que se evapora a cada suspiro. Trajo flores de pétalos blancos, margaritas eternas de estambres multicolor. Y palabras de esas que acarician inconscientes el tiempo. Un tiempo finito en la inmensidad del universo que se llevaba las manchas de acuarelas de las manos y el polvo del carboncillo. Dibujos quedaron encerrados en una bolsa que los años terminarían por quebrar, cuando los recuerdos empezaban a volverse nítidos, cuando la imagen era cada vez más recurrente. Y aquellas novelillas de papel de fumar desfilaban mientras unas manos, cada vez más delicadas, pasaban sin parar sus páginas. Retazos desperdigados que no concluyen, que no recuerdan la última vez…

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