Otra vez (Rober Rodríguez)

Carlos salió de la iglesia, se metió en su BMW, cogió una pequeña y fina caja metálica de la guantera y se preparó una raya. Esnifó con tanta fuerza que se mareó. La droga lanzó su mágico sortilegio enseguida. Cerró y guardó la cajita, encendió el motor y, con un fuerte acelerón, atravesó velozmente la calle surcando diversos cruces en los que otros vehículos le lanzaron quejas e insultos con sus cláxones.

Condujo largo tiempo por la autovía, rebasando con holgura el límite de velocidad. Consultó su Rolex cada pocos minutos y, cuando llegó el momento que consideró oportuno, abandonó la autovía para dirigirse a un pueblo de largo nombre. Ya estaba anocheciendo.

Se arropó con las sombras y esperó tras una esquina de pie, con las pupilas dilatadas y la mandíbula distendida. La chica apareció poco después caminando por el centro de la plaza. Cuando pasó cerca, Carlos se colocó tras ella. Adaptó sus pisadas a las de la muchacha. Sacó un cordel del bolsillo de su chaqueta, se lo pasó sobre la cabeza y apretó. Todo fue frenesí. Carlos no llegaba a entender qué estaba haciendo; sólo sabía que lo necesitaba y que al día siguiente tendría que ir a confesarse. Otra vez.

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2 comentarios
  1. Excelente remate..!

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