Palabra de Dios (José María Gutiérrez)

El día de la fiesta de su aldea natal viajó a su infancia, su primera patria; lo hacía cada año. La fiesta comenzaba a mediodía, con la misa. Se había hecho tradición que uno de los antiguos monaguillos leyese la epístola, y lo iba a hacer él.
—El cura es nuevo; dice que te conoce y que le ilusiona que leas tú —le dijeron al entrar en la iglesia.
A su tiempo el cura le llamó por su nombre, le recibió en el presbiterio y le entregó una hoja con la lectura.
¿De qué le conocía?
Se acercó al ambón y comenzó a leer:
—Haec dicit Dominus: Qui ad mortem, ad mortem; et qui ad gladium, ad gladium; et qui ad famem, ad famem; et qui ad captivitatem, ad captivitatem.
¡Latín! Miró con enorme sorpresa al cura y le reconoció: habían sido compañeros irreconciliables de seminario. También recordó crueles bromas que se habían gastado mutuamente.
Volvió la mirada al papel y, fiándose de su memoria, dijo:
—Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada. Pero vosotros ya la habéis abolido para nueve décimas partes de la sociedad. ¡Palabra del Manifiesto comunista!

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