Papá lo sabe todo (José Luis Melgosa Andrés)

Llegó a  casa con la cara hecha un poema. Siempre ha sido un idealista. Dicen que es la edad. Tenía la nariz reventada y el tabique nasal desplazado; dos algodones le taponaban la hemorragia. El yodo y el morado púrpura del trauma habían teñido su rostro. En la ceja izquierda lucía tres grapas. La tremenda tumefacción de los labios casi le impedía hablar. Le faltaba un diente. Le habían vendado la oreja en la que le colgaba el piercing y debido al dolor del costado caminaba visiblemente encorvado. Le pregunté fingiendo sorpresa quién te ha hecho eso y me soltó una trola.¡Pobre ángel mío! Todavía ignora que papá lo sabe todo. No me quedó más remedio que aguantar el tipo. Tenía el deber de transmitirle equilibrio a través de ese ademán complejo que comunica sorpresa, serenidad y disponibilidad  para el consuelo. Porque un padre es un padre y hay que mantener el control sobre el dolor. Así me adiestraron. Sin embargo, cuando le vi entrar, me dije, hasta aquí hemos llegado. No hay día que no le recuerde acurrucado sobre el asfalto, como un animalillo, bajo las porras de mis compañeros y la sangre resbalando por su carita imberbe. Ahora que estoy parado, tengo mucho tiempo para pensar.

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