Pecados veniales (Rosa María Martín Rodríguez)

La panadera le manchaba las manos de harina al entregarle el paquete. A continuación, la muchacha de los mil piercings le hacía guiños de reproche por llegar a la panadería a esas horas letales en que la clientela abarrotaba el lugar y no podían intercambiar palabra alguna. Después gritaba muy alto el precio de los pastelitos artesanos, que le entregaba en una caja primorosamente envuelta y le decía que, en siete días, tendría un nuevo cargamento de golosinas. Él se limpiaba la mancha nívea con disimulo contra la chaqueta de alguna clienta despistada y abandonaba el local camino a la iglesia a paso acelerado, procurando que la llovizna no empapara el cartón corrugado.
Ya en la sacristía, el pelirrojo padre Flanagan, desposeído de su sotana y alzacuellos, la música sacra bombardeando las bóvedas, desenvolvía con extremo cuidado las braguitas usadas, las fotografiaba y embolsaba con sumo cuidado, para luego ponerlas a la venta en la red. Satisfecho, se mantenía a la espera de que los feligreses abarrotaran nuevamente su templo en la hora previa a la misa, cuando los confesionarios se llenaban de feligreses ávidos de recibir su particular absolución.

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