Peldaño a peldaño (El Principín)

Después de ochenta y siete masticaciones a este correoso filete, aún sigo lanzando furtivas miradas al sesentón apoderado de la barra de este café-restaurante. Y me pregunto:
¿Estoy ante la encarnación de aquello en lo que el destino y el tiempo y la vida y el filete y lo demás me irán convirtiendo durante los próximos treinta años?
El sujeto, que ha despilfarrado una parte considerable de su sueldo (presumo) en la máquina tragaperras del fondo del local, apoya sus codos en el mostrador para ayudarse a sostener el peso de su prominente BaRRiGa y bambolea hábilmente un palillo de dientes
de
una
a
otra
comisura
de la boca.
No puedo evitar reparar en el leve rictus de aprensión que tiñe su rostro desde que comenzó a observar al nonagenario cliente que se esfuerza en descender despaciosamente, pausadamente, titánicamente, lentamente, peldaño a peldaño, la escalera de salida del establecimiento.

En la mesa contigua, un bebé me contempla fijamente desde su silla.

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