Penitencia (Mauricio Montiel Figueiras)

Mientras estaba en sesión de acupuntura oí una voz delgada que nombraba padecimientos. Pertenecía al hombre más obeso que he visto. Qué poco puede decirnos la voz de la identidad física de quien la emite, pensé.

Tendido en el camastro para ser alineado, el hombre obeso advirtió mi mirada. Su sonrisa me hizo visualizar una nube solitaria al deslizarse sobre un mar en calma. Qué poco sabemos de los otros, me dije.

Al pagar mi sesión volví a oír la voz del hombre obeso. Mis noches son eternas, dijo, nadie comprende. Salí del consultorio y sentí el furor del sol en mis ojos irritados: el insomnio cobraba su cuota. Me puse las gafas oscuras y eché a andar.

Creía entender al hombre obeso: el insomnio dilata las noches al máximo. Pero de pronto pensé que hay otros modos de eternizar las noches. ¿Y si el hombre obeso es un ser eterno?, me dije. Lo imaginé atravesando épocas enteras con su sonrisa de nube.

El rebote del sol en el capó de un auto me sembró una idea repentina. Hay eternidades que son recompensas, pero las hay que son castigos. ¿De eso hablaría el hombre obeso: de una penitencia incomprensible para los demás? Pero sonreía. Los penitentes no sonríen. ¿O sí?

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