El peregrino (Rocío Areal)

Caminó por el lastre de su circunstancia sin más equipaje que el resabio de tan despojada vida. Atrás había dejado afectos y pertenencias, el fulgor de sus fugaces glorias e intermitentes victorias; y hasta la desazón de sus recurrentes fracasos, la vergüenza de sus miserias. Era entonces un hombre libre, sin ataduras ni posesiones, sin miedos ni pretensiones. ¿Hacia dónde iba? ¿Por qué y para qué? ¿Era su andar producto de la inercia humana, de su más natural instinto de supervivencia? El blanco de su mente, el vacío de su espíritu, la flaqueza de sus bolsillos, exiguos de calor y dinero, aceleraron la marcha. Fuera de toda comprensión, desprovisto ya de su más coherente raciocinio, continuó sin comprender la verdad, esa paradójica virtud que aún lo mantenía andando, de pie: la temeraria vehemencia de a quien nada le resta perder.

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