Perfección ( Mikel Rey)

En los viejos días, la Perfección fue esto: tratar los cuerpos ajenos como si no le pertenecieran. Así, esos cuerpos jóvenes eran suyos desde que atravesaban el umbral, pero no debían parecerlo. Teatro polarizado. Esa era su definición de la palabra.
En estos días, duda de si él -que entró en esos cuerpos de la forma en que lo hizo- está capacitado para entrar en su propio interior, ahora que lo reclama. Si la mente pesa más o menos que un cuchillo sucio. Esta es la idea que le ronda cada noche.
Pero cómo saber cuál será la última noche. Lo sabrá después, tal y como ellos se enteraban de lo que ocurría cuando había terminado: mientras aquello duraba, el dolor no les dejaba pensar.
Y entonces, el instante. Que marca la frontera. Que diferencia las cosas separándolas.
Lo acepta, y tiene la forma y la función de un espejo. Ciertos patrones que se repiten, aunque están al revés y necesita rodear su cuerpo para verlos como son.
¿Aún duda? No debería, piensa: la Perfección -lo sabe y siempre lo ha sabido- es convertirse en un agujero en la propia carne.

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