El pillo (Gloria Merchán Gómez)

El cabello revuelto, los ojos vivarachos de ratoncillo y una perenne mueca de picardía prendida en los labios. Agazapado se escurría entre nuestras piernas, jugando a levantar las faldas hasta dibujar un inmenso oleaje de encajes de color. Cuando nos percatábamos de la intrépida travesura, se plantaba cual avezado cantante de copla, con los brazos en jarra, pose torera y ademán chulesco, y tarareaba: «A tu vera, siempre a la verita tuya, siempre a la verita tuya, hasta que de amor me muera…». «¡A mi vera no! ¡ A mi vera no!» —gritaba yo histérica. Y él continuaba: «¿A tu verano? ¿Qué le pasa a tu verano?». Entonces, nos mirábamos y la vida se detenía inmersa en una sonora carcajada.

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