Pintura barroca (Luis Amézquita)

Me pide que meta el dedo en la llaga de su costado.
Luce fantástico,
mucho mejor que cuando predicaba algunas verdades obvias a cambio de un trozo de merluza y pan sin levadura.
No sangra ni mengua; es una llama eterna y mi dedo lo posee. Mi dedo comprueba que es real ese disparate.
Luce como él mismo, pero fantástico. Evangélico y ufano.
Con mi índice sintiendo el latido de la verdad, de la llama eterna, mis ojos besan los suyos. ¡Es verdad semejante disparate! ¡Vive pero no sé de qué manera! Oscuro y cegador; Dios pero solo hombre.
Si un Dios no muere no se arma mayor escándalo, es lo menos que se puede hacer siendo un Dios.
Pero yo tengo frente a mí a un hombre retornado que es una llama eterna que palpita musicalmente y que me pidió que metiera mi índice en su costado. Y lo hice y mis ojos besan los suyos y es cierto ese disparate.
Retiro mi dedo, seco y vivo, tan mortal e incapaz de retornar (porque no soy ni Dios ni hombre): no podría sentirme más miserable.

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