Platón se equivoca (Javier T.)

En casa siempre comemos mierda. No es un eufemismo, es tan real como el bol de cristal que mi madre nos coloca cada día encima de la mesa. Unas veces con diarrea, otras con un zurullo grande y recién hecho, o con cientos de bolitas similares a las de una cabra, pequeñas y negruzcas. Siempre mierda. No sé la razón por la que ninguno de los miembros de mi familia se lo cuestiona, solo se dejan llevar por el frenesí y el hambre y, como el que no quiere la cosa, devoran el contenido del bol. Con sus ojos rojos y esos pelos que parecen púas saliendo de su espalda.
Imaginad el hedor, las bocas manchadas, las servilletas inservibles… un infierno para mí, el paraíso para ellos.
Siempre mierda, ni basura, ni descomposición, solo mierda de diferentes tipos. A veces caliente, otras reseca, en ese bol transparente y limpio. A ellos les encanta mientras yo doy arcadas; devoran y después ríen y salen zumbando.
Yo me quedo ahí quieta, a la espera de que la teoría de la Reminiscencia de Platón no me juegue otra mala pasada y, en la próxima vida, logre no convertirme en una puñetera mosca.

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