Poder (SANTIAGO FILÁRTIGA LAMAR)

El cielo es, cobardemente agredido por un petardo, cuyo estallido se desperdiga en todas las direcciones. Anochece. Los pacientes del hospital son empujados fuera de su reposo; los niños y los perros arrojados súbitamente a la región del miedo, unos lloran otros ladran su incomprensión; los gatos buscan un escondite donde comprimirse; las ratas se escabullen para no estar al alcance de tipos semejantes. El barrio es asaltado por un tropel de automóviles que infestan el lugar con frenéticos bocinazos. Los salesianos están convencidos de estar solos en el mundo. Hace tres días, hicieron estallar sus veneradas bombas a las seis de la mañana durante veinte minutos. Y todavía falta lo peor, el súmmum de la desconsideración, la mala educación, la prepotencia, la intolerancia: mañana es La Procesión. Una extensa misa obligatoria será disparada por alto parlantes; no será día de descansar, leer, trabajar, disfrutar del hogar propio como a uno mejor le parezca; no. Mañana hay que festejar. O exiliarse hasta tarde, porque la Policía bloqueará las calles adyacentes, aun para los residentes, porque “es La Iglesia”. Salvo que se produzca un milagro. No sé… el diluvio o el respeto al otro.

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