El principio del fin (Lola E. Luna)

Paco trabajaba en el taller desde hacía 13 años. A diferencia de los otros talleres del barrio, el suyo estaba limpio como una patena y huérfano de calendarios con chicas calientes. Lavaba todos los días el mono azul, no daba ninguna factura con manchas y echaba ambientador en la salita. Lo que no sabía nadie era que Paco utilizaba esa pulcritud para disimular “lo otro”. No es tan grave, se decía a sí mismo. Y como no se lo contaba a nadie, tampoco podía ser rebatido. El secreto de Paco consistía en robar un objeto de cada coche que arreglaba. A veces eran los papeles del seguro, a veces un ambientador de pino o la foto de unos niños que no conocía de nada. El caso era coleccionar un objeto por coche, y guardarlo ordenadamente en el trastero del que nadie tenía conciencia. Su momento de gloria era cuando venían los clientes a preguntar, desorientados, incapaces de imaginarse a ese mecánico impoluto robándoles. De verdad, si encuentro algo por aquí te aviso -les decía-. Adoraba esa atención, ese poder. Se sentía invencible sabiendo que jamás lo pillarían. Hasta ese lunes 7 de febrero.

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