Prioridades (Marina Marín Gimeno)

Aquella noche, Alastor no pudo rendir pleitesía a Morfeo. Nervioso, paseaba en caminaba en círculos por su alcoba.

Sabía que nadie le quería como rey, nadie creía que fuera capaz de ostentar el peso de la corona. «¡Qué tontería!», opinaba él.

Sus enemigos le habían preparado una buena. Había sido informado por un espía pagano del bando contrario; iban a envenenar sus pastelitos de fresa.

A Alastor no le preocupaba la muerte ni la coronación, sino saber cómo evitar probar aquellas delicias.

«¡Diablos! Solamente se hornean en los días importantes… ¿Cómo podre resistirme a ellos si son mi espada de Damocles?», se preguntaba, gravemente afligido.

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