El prisionero (Ángel de Dios Rubio)

Ya había perdido la confianza en ver el sol. Llevaba tanto tiempo prisionero entre la metamorfosis de Kafka y las follas novas de Rosalía de Castro que la libertad me parecía un mito solo accesible a los más grandes.
La celda olía a humedad y excrementos de ratones insolidarios. La luz llegaba con cuentagotas a este apartado rincón, adonde el polvo y las termitas envejecían tanto como las palabras escondidas.
Alguna vez, en alguna hora incierta de la tarde, se encendía la triste bombilla de la escalera y se nos encrestaba el lomo pensando en el milagro de que, esta vez, acaso vinieran por alguno de nosotros.
Por eso, hoy, cuando una mano huesuda y diligente nos ha escogido a Frank y a mí, nos ha invadido un adolescente temblor de hojas, que no ha cesado hasta encontrarnos dentro de una confortable bolsa de papel.
Ya en la calle, por fin libres, podemos ver cómo una discreta ráfaga de luz solar se estrella sin frenos contra el escondido y adusto letrero de “Los sueños olvidados”, la vieja librería de libros de segunda mano y de ocasión de donde acabábamos de  recuperar la libertad.

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