Problemas de lateralidad (Miguel Ibáñez de la Cuesta)

A mi madre le encantaba. Para ella era un niño adorable. Enfermizo, pero por eso mismo adorable. Aquel problema suyo con la luz la llenaba de compasión. No hay nada como poner ojos grandes de enfermo. Ojos tristes de enfermo. Y aquella palidez, que le parecía tan elegante, aquellas maneras de maître de restaurante fino.
Pero yo lo calé enseguida. Tuve que hacer lo que hice y todavía hoy, cada vez que paso por allí aprovecho para echar un poco más de tierra con los zapatos, disimuladamente, una rama, una piedra, un ladrillo, cualquier cosa que se lo ponga un poco más difícil.
Por si acaso. Ya me dio un buen susto la primera vez. No voy a consentir una segunda.
Por mí, lo desenterraría todos los días para asegurarme de que esta vez sí he acertado. Todavía me estremezco cuando lo recuerdo allí en el aire, flotando ante mi ventana suavemente, como si no pesara más que una hoja, con la cara y las manos llenas de tierra y la fina estaca aún clavada en el lado que no era.

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