Rayas (Ignacio Rubio Arese)

En lo alto de las paredes de la celda hay un ventanal diminuto. Me encaramo a él con gran esfuerzo, observo el trocito de cielo hasta que me arden las yemas y me veo obligado a soltarme. Al cabo de unos minutos repito la operación. Una y otra vez, hasta que se me entumecen los dedos, hasta que oscurece del todo.
Hará unos meses, mi hijo pequeño, al que solo conozco por fotografías, me envió una postal con los tigres del zoo. “Seguro que de cachorros eran completamente amarillos”, razonaba. “Y de tanto darles la sombra de los barrotes, les han salido rayas negras”. A mí se me acalambran los músculos de tanto auparme al ventanal. Sin embargo, una y otra vez, me impulso y me asomo al exterior durante breves instantes, y conjuro la temible enfermedad de las rayas negras contemplando el majestuoso baile de las nubes.

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