Recompensa demorada (Ana Carballeira)

¡Todo el día entrenando! ¡Mi dolor de piernas no es comparable a nada! Una vez mi tía me dijo que cuando hacías deporte las agujetas desaparecían, y yo la creí. ¡Qué ingenuo! Pero todo esfuerzo tiene su recompensa o eso es lo que siempre decía el abuelo y él nunca me habría engañado, nunca. Recuerdo el día en que mi padre llegó a casa triste, muy triste. “Cosas de mayores, no quieras saber”, me dijeron cuando pregunté por qué esas caras. Pero el abuelo me lo explicó. Mi padre había sido víctima de un engaño, de un engaño que estaban sufriendo muchos otros, no solo él. Mi padre se había quedado sin nada y había arrastrado a parte de la familia con él por lo que en un mes mi abuelo tendría que dejar su casa, esa en la que había pasado la mayor parte de su vida y que, como siempre decía, estaba más viva que él porque atesoraba todos los recuerdos de las vidas vividas y de las que estaban por vivirse allí. Mi madre volvió a doblar turno en su empresa y mi padre a buscar trabajillos, como él decía, para acabar el mes. Y el abuelo, ¡ay, el abuelo!, el abuelo seguía diciendo que todo esfuerzo tiene su recompensa, aunque la vida se empeñase en demorar esa recompensa más de la cuenta.

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