Reproducción interespecies (Álvaro Pina Arrabal)


No pude evitarlo. Cuando el doctor Lisandro confirmó la infertilidad de mi semen, rompí a llorar en plena consulta. La satisfacción por el trabajo bien hecho del muy competente no podía contrastar más y peor con la consumación de mi desgracia. Un sí y una mueca de falsa empatía le bastaron para castrarme. “Arréglelo, si tan cualificado está en la medicina de las pelotas como pone el cartel”, bramé ante la atónita mirada de los cándidos preenfermos que abarrotaban la sala de espera.

Duchándome, mientras maldecía la secreción estéril que se filtraba por las rejillas del desagüe, me regalé un momento de consuelo: “bueno, la procreación no deja de ser un pretexto para delegar nuestros sueños incumplidos en incumplidores de idéntica condición; no es…”. Tal fue mi enajenación mental hasta que, de repente, ocurrió el milagro.

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