El resto de mi boca (Francisco Luque)

A mis veinticinco años todavía tengo en la boca un diente de leche. Es un intratable pero reluciente canino que se ha aferrado a la encía con el ardor de una última esperanza. Yo no sé qué habrá debajo de él; pero lo que sí sé es que, a nivel general, mi dentadura no es lo que se dice algo ejemplar; para ser honestos, está bastante descuidada. Mis padres, como es de esperarse, están muy preocupados. Y los dentistas a los que suelo ir también. Cada nuevo especialista que abre mi boca destaca la presencia del canino con radiante sorpresa. Por supuesto, esto para ellos no es más que el caso aislado de una anomalía con un destino, quizás, poco feliz. A pesar de eso, debo admitir que alguna que otra vez me he sentido orgulloso de poder lucirlo frente a ellos. Ese canino es mi diente de oro. Es todo lo que me queda de la infancia, y no tengo ni de cerca la intención de verlo marcharse. Toda la gente adulta que conozco lo ha perdido ya, junto con tantas otras cosas. Temo el día en que, deliberadamente, como las manzanas cuando les ha llegado su hora, mi diente de oro también madure y se atreva, resignadamente, a saltar.

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2 comentarios
  1. Excelente cuento

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