El retrato (Gonzalo Gala)

Había engordado un poco, pero no echaba tripa. Era alto, siempre erguido; el rostro sin eexpresión, salvo el fruncimiento de los ojos. Estaba en su sillón de brazos torneados, atento e inmóvil, con la mirada atenta en el caballete de pintor que tenía en frente. De pronto, un resplandor de angustia alumbró a ese hombre, apesadumbrado por el desinterés. En seguida, con sus manos hábiles alcanzó algo de una mesa cercana: una pistola que acercó a su sien, desparramando un rictus de sangre sobre el sillón. Fue entonces cuando el artista se puso manos a la obra.

El pintor a quien se había dirigido, le creyó loco. Pero, en definitiva pagaba. Lo hizo sin comprender. ¡Pintarle en el momento de su muerte!

Quién sabría de esa manía de los millonarios poco sofisticados de encargar varios retratos a un mismo pintor o a varios que parecen el mismo. No se sabía que era más falso: el oleo o el personaje. Al final, los retratados tendrían el mismo aire de familiaridad. En este caso, el artista sólo tenía una nota, junto al dinero del pago: antes muerto que sencillo.

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