Revolera (Aine Marcas)

Lidia Manso y Marcial Bravo se conocieron en los toros y se hicieron amantes, pero aún no podía decirse con propiedad que fueran adúlteros pues les faltaba dar el último pase. Para Lidia era la primera tienta fuera de su finca, mientras que Marcial estaba ya placeado y tenía experiencia en hacer la luna.
Ocasiones tuvieron para haber recurrido a una faena de aliño, pero las dominaron porque aspiraban, o eso se decían, a recrearse en la suerte, a ejecutarla con temple y hondura. Fijaron el lugar, un tentadero de toda confianza, y la tarde del festejo con desvelo para burlar a sus cuadrillas.
Llegada la hora de la verdad, las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde, y acaso de resultas del mucho deseo refrenado, el primero fue visto y no visto, un metisaca deslucidísimo. El resto de la tarde, Marcial, que presumía de apellido y de bragado, manseó y no pudo con el segundo ni tras el tercero de los avisos, con lo que Lidia se quedó al cuarto misterio y él para el arrastre. Pero como no hay quinto malo, esa noche a ella le salvo la corrida el astado de su finca que entró dócil al engaño, sin saber que ella buscaba el indulto por su bajonazo infame al sexto.

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