Revolución (Lucía López)

Empieza a caminar. Los pies le pesan. Las piernas le pesan. La vida le pesa. No quiere volver a su jaula, ahora que conoce el sabor de la libertad. Se gira, y se tropieza con su reflejo. Se toca los brazos, y la cara, y el alma. Los cuerpos pasan por su lado, se chocan con ella, y alguno hasta la miran con desdén. Otros se tapan los ojos. Otros giran la cara, prefiriendo mirar carteles que gritan: denuncia.
Unos instantes que duran menos de siete segundos arrastran la pena hasta sus ojos y los hunden hacía el fondo. Aforo completo. Este mar, no puede recibir a nadie más.
Su mano se mete de lleno en el océano y lo seca. Todo vuelve a lo nítido. Normalidad. Así es la desgracia de vivir estando muerta:
La cara negra. El pecho amoratado. Y el corazón. El corazón morado.
Vuelve a casa, ya ha serpenteado bastante por la ciudad por hoy. Es hora de volver al cielo.
Abre la puerta, con suavidad, no quiere despertar a la bestia. No antes de que se vaya. Abraza las paredes de su casa, besa los marcos de las puertas, acaricia cada rincón. Le regala al aire un suspiro más. El último.
“Esto no es una despedida, es el comienzo de mi revolución”

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