Rina (Paula Alvarez)

Con Rina descubrí cuál es el valor de la vida. No soy religioso y estoy seguro que morir es irse simplemente a dormir para toda la eternidad, sin cielos ni infiernos que lo esperen al final del túnel. Cada uno vive y cosecha su propio cielo y cava su propio infierno. Pero desde que llegó Rina mi propia vida pasó a segundo plano. Hubiese vendido con gusto mi alma al diablo (en el sentido metafórico, no metafísico), muerto, matado o perseguido si su persona estaba en juego. Por eso cuando la vi tirada al costado de la piscina, blanca, mojada y sin un solo movimiento es su cuerpo inerte entendí cuál era el valor de su vida. Era el todo. No recuerdo que sucedió luego de que la vi, solo sé que me tiré a su lado mientras gente a su alrededor se movía y hacía cosas. Yo solo miraba esos ojos vidriosos que miraban al infinito, deseando alcanzar ese infinito y traerla de vuelta.  Dicen que fueron los paramédicos los que la salvaron, pero yo sé que ella volvió por mérito propio. Después de unos convulsivos movimientos donde dejó escapar el agua de sus pulmones, esa agua que se  la llevaba, el infinito me devolvió la expresión en esos ojos y su vocecita me dijo: “papá”.

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