El roble y la hiedra (Beatriz Saló)

Una mañana miré hacia abajo y allí estaba. Verde, reluciente y pequeñita. Casi ni la vi. Si hubiera podido andar, la habría pisado sin darme cuenta. Para un gran roble como yo, resultaba enternecedor ver como se habría paso para salir a la luz y desplegar su primera hoja. Durante muchos años creció a mi abrigo. La primera vez que percibí sus tallos alrededor mío fue como si unos diminutos brazos me abrazaran.
Cuando llegó hasta mi primera rama le pregunté.
-¿Qué eres?
-Soy una hiedra.
-¿Y por qué trepas sobre mí? ¿De qué tienes miedo?
-Las hiedras no tenemos miedo de nada. Mi objetivo es conquistar tu copa y hacerme indestructible.
Me pareció entrañable que algo tan pequeño pudiera ser tan fanfarrón.
Un día comencé a sentirme débil. Mis ramas estaban entumecidas y mis hojas se caían. Según crecía la hiedra, sus tallos se volvían más robustos y me iban estrangulando poco a poco. La sabia no llegaba a mis hojas y mis ramas comenzaban a secarse. Después le sucedió lo mismo al tronco, y cuando quise darme cuenta yo no era más que un esqueleto arbóreo recubierto de hiedra por todas partes.
-¿Por qué me has hecho esto?, le pregunté.
-Soy invasiva, he nacido para conquistar.

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