El sacrificio ( Alisa Lein)

No dijo nada.
Pude haberlo matado. No lo hice.
Si tan sólo hubiera bajado mi mano encuchillada que lo separaba de su inmortalidad.
No lo hice. No fui tan valiente. Ahora los dos sabemos de mi traición.
El tiempo se congeló, creo. Miré incrédulo esa mano firme, en lo alto, esa mano que me pertenecía, y no, que me separaba por segundos de la muerte de mi hijo, de mi hijo amado.
Incapaz de matarlo finalmente, fui capaz de casi matarlo.

En su inocencia, en su confianza, había caminado a mi lado, juntando ramas para la hoguera, cargando en su hombro la soga con la que lo ataría más tarde.
—Tenemos el fuego y la leña ¿Y dónde está el cordero que sacrificaremos? —había preguntado.
Inmortalizarme en su muerte, en su asesinato. El más terrible, el de un hijo amado.
—Dios proveerá —le contesté— acuéstate sobre la roca, te enseñare cómo se ata al animal.
No dijo nada mientras lo ataba. Yo tampoco. No peleó  más que con la mirada. Esa mirada, la última, antes de entender el horror. Entonces alcé el cuchillo.
Y el tiempo se detuvo, de espanto, creo.

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