Sala (Daniel Barczay)

Las sillas están equipadas con cojines forrados de una tela de color indefinible, entre café y no tan café. Los hay individuales con patéticos rodos y en conjuntos de a tres. El ventilador hace mecer las hojas de algunas plantitas perdidas y, sí, en la pecera nadan un par de peces dorados.
Los rótulos distribuidos a convenientes distancias y ubicados para captar la atención, ordenan apagar el celular y no fumar y otro advierte del cobro en caso de cheque rechazado. En vano busco los números vencidos de revistas de interés general. Tampoco hay de las dedicadas a las temáticas preferidas del eminente.
Mucha madera y nada de smooth jazz; solo el gorgojeo de aviones que pasan a dos cuadras a punto de aterrizar. Ocasionalmente, el aire se cuela por unas ventanitas, choca con las corrientitas producidas por el ventilador y hace claquetear las paletas de las persianas verticales.
Hago lo que se hace en este tipo de sitios: espero.

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