Salif (Tomás Sánchez Rubio)

Se entendía con mi padre, cuando este me llevaba de la mano al colegio cada mañana, en francés. De todos modos, en poco tiempo percibía que se defendía en un español bonito y claro. Mi padre me decía que Salif, con quien se paraba un ratito a diario, le hablaba de su familia. Su progenitor, también Salif, había muerto mientras trabajaba en el campo cuando él era pequeño. Su madre, Hawa, cuidaba de sus hermanos pequeños. Tenía también Salif una novia de ojos grandes llamada Oumou.
Salif era alegre y miraba a los ojos cuando te hablaba. Al principio, en verano y en invierno, se pasaba el día en la acera de pie, pero sin parar de moverse vendiendo su humilde mercancía. Poco a poco, sin embargo, lo notaba más delgado; comencé a notar su mirada perdida, acompañada de un gesto extraños de dolor. Yo lo achacaba al cansancio… si bien nunca dejaba de sonreír.
Una mañana dejé de verlo. Me dolió. Salif era ya parte de mi día a día, de mi cotidianeidad.
Quiero pensar, ahora, que un día decidió volver a su casa, a su tierra, y que cuidaba de su madre, que había tenido hijos con Oumou y que había encontrado, por fin, la felicidad.

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