Salto (Carlos Enrique Blanco)

Acercó una silla a la baranda del balcón de su departamento, en el duodécimo piso. Abajo, la calle vacía de un domingo por la tarde.

Subió a la silla y apoyó un pie en la baranda. Mantuvo el equilibrio haciendo presión con una mano contra el techo; apoyó el otro pie en el respaldo. Se tambaleó un poco pero logró sostenerse. Acercó el otro pie a la baranda y miró hacia abajo. Se imaginó en el último segundo de su caída, justo antes de estrellarse contra el piso, el charco de sangre, su cuerpo quebrado, su cabeza explotando. La imagen le provocó una sensación de paz, la llenó de una alegría inconmensurable.

Se sintió feliz.

Apenas un momento antes de dar el paso final, de pegar el salto más allá de la baranda, se dio cuenta que no había escrito ninguna nota para dejar a los parientes, a los amigos, a los que se quedaban.

“Qué maleducada soy” pensó, dio un paso adelante y se despidió de todos.

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