Sangre (JUAN ANDRÉS MOYA MONTAÑEZ)

De él tengo el apellido y los ojos verdes. Ojos que titilan ahora hinchados bajo esta luz inmisericorde. Dicen que caminamos igual, pero yo nunca lo he creído. Le miro la nariz y la veo negruzca de tanta sangre. Y recuerdo que esa misma sangre, con su carga de crueldad, su despótica herrumbre, corre por mis venas. Pienso en esa otra sangre que también llevo dentro de mí. Sangre que empapaba la alfombra una tarde cualquiera de una vida cualquiera. Sangre aún entre las losas.
Me duelen los nudillos de puro esfuerzo. Encuentro la dentada de esos cuatro huesos en su mejilla. La impresión de mis nudillos, la expresión de mi odio. Aprieto el cañón contra su sien, y me obnubila por un instante el resplandor de la bombilla en su lágrima.
—Tienes miedo, ¿no?
Me observa.
—Ella también lo tuvo.
Pienso en ella. En ese vestido blanco que nunca estrenó. O —peor aún— que estrenó sin saberlo. Pienso en sus labios cosidos. En el relieve de un cúbito fragmentado tras la manga.
Le miro a los ojos y maldigo la mala fortuna de mi primer apellido. Y pienso en los padres que rompen el quinto mandamiento. Y en los hijos que aprenden a romperlo tras ellos.
Pienso en mi madre. En su ataúd.
Y disparo.

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