El señor Gökhan (Matías Murello)

Se abstraía dentro de un grano de arena con un recuerdo.
Un solo recuerdo, que se disgrega y se transforma en cientos; cada uno de estos fragmentos descomponiéndose en miles; y estos lejanos puntos se transforman en millones. (“¿Dentro de cuáles estaría yo?”) Y quizás eran memorias de alguien más; de alguien vivo, de alguien muerto; de alguien conocido, de alguien desconocido; de alguien amado, de alguien odiado; de alguien negro, de alguien amarillo; o de crónicas de (mis) posibles pasados o de (mis) imponderables futuros.
Y allí se aloja ahora, en alguna de las libertades más extremas, más lejanas; sin hambre, sed o dolor. Todas las posibilidades en escasos espacios, pero con el suplicio lateral del latente resurgimiento. El ineluctable y estrepitoso regreso de aquel minúsculo mineral hasta la fangosa y contaminada playa desgarra el alma. En cada nueva inmersión el escenario anterior era abolido.
El encanto de lo soñado, olvidado.
Al tiempo su comportamiento se volvió errático, taciturno y apagado. Luego su familia huiría de sus sobrecogedores desequilibrios dimanados de los más arrebatados frenesís.
Su cuerpo olvidado ya sin vida. Su alma, radiante, brincando entre los gránulos.

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