Entre sepulturas (Ana Basanta)

Me acostumbré a los cementerios. Una calma que estremece y hace contener lágrimas que nada remedian. Mirar las fechas de las tumbas y percibir la tragedia. Tan joven. Quererle, querer abrazarle, querer protegerle. Sentir el desconsuelo de la madre, la cara nunca jamás sonriente del padre, posibles hermanos a la sombra del difunto. Los pulmones dejan de funcionar, provocas respirar y el oxígeno entra en forma de angustia.

Hace siete años, quise perderme en el Alto de San Martín. Las vacas paciendo en la pradera tan cerca del acantilado con la pequeña iglesia blanca en la cima, me sedujeron. Abrí la verja chirriante y entré en el universo de lápidas alineadas, con flores lilas y azules, y un olor a fresco. Quieta, entre la nada, divisé llantos, lamentos, vecinas de negro, coronas con escritos que no olvidan, de momentos que perdurarán.

Caminé despacio hasta el borde del precipicio, desde donde se divisaba un mar picado de oleaje rítmico que cubría las rocas para dejarlas rodeadas de espuma. Un centímetro más, y hubiera caído. Me concentré en una sepultura: José Asensio González 20-4-1950/20-4-1957. Tras cincuenta años de búsqueda, había encontrado a mi niño robado.

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