Sherman (Ronan McKennerly)

Eran verdes y gordas. Lo acompañaban a todas partes refulgiendo como aguamarinas. No sabía el por qué de aquella simbiosis, pero al pasar los días, las moscas fueron aumentando en número y las personas de su entorno comenzaron a quejarse. Se quedó sin trabajo y sin amigos. La gente se apartaba al verlo pasar con aquel enjambre a su alrededor. Le prohibieron la entrada en restaurantes, cines y supermercados. Un día encontró en casa una nota de su mujer. «Lo siento, Sherman, pero no aguanto más. Vivir contigo es como hacerlo con una plasta de vaca.» Al final todos le abandonaron menos las moscas. Lo seguían a todas partes con una fidelidad que daba miedo. A veces se rezagaban sobre un cubo de basura, los excrementos de un perro o la gomina de algún ejecutivo; pero al cabo alzaban el vuelo y le daban alcance allá donde estuviera.
Desesperado, terminó visitando a un curandero. Aquel hombrecillo lo agarró de una mano y lo sacó al patio exterior de la casa. Parados bajo el sol esmerilado de la tarde, y en medio de una nube verde y zumbona de moscas, lo mandó mirar al suelo y dijo: «Ahí tiene el origen de su problema, querido amigo: hace tiempo que arrastra el cadáver de su sombra».

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