Siempre las espinas (Carla Martínez Nyman)

A Carmen le dolía la mano de apretar las rosas que le había comprado a Tomás para que tuviera algo a lo que agarrarse. Le harían sonreír. Ella solo pensaba que nacerían flores de sus manos y las flores tirarían de él, al fin, hacia la vida, como una cometa. Estaba harta de que su relación con él fuera como regar un cementerio que solo adquiría algo de color cuando alguien dejaba pétalos nuevos en los nichos. Aunque ahora miraba las suyas, sus manos, y tenían algunos rasguños con sangre. Las espinas. Siempre las espinas. Ese era el poder de la muerte, que rompía la cometa y la dejaba en tierra, hundida, en su nicho.
Tuvo que poner el pie en el acelerador y correr hacia casa. Tuvo que acercarse a Tomás y abrazarlo. Tuvo que dejar el ramo en la cama y llevarse a su marido a la ducha. Tuvo que besarlo entre lágrimas y agua cayendo sobre sus cuerpos. Tuvo que aguantar allí, detrás de la mampara, la reacción de su marido. Pero él solo la miraba entre las gotas y parecía no escucharla. Porque Tomás solo escuchaba el susurro de la cometa sepultada bajo la arena. Y sonrió. Porque en la soledad del que se sabe pronto muerto había cierta belleza. Pero las flores seguían en la cama.

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