Síndrome (Esteban Torres Sagra)

A media mañana le sirvo un desayuno frugal, con algún ramo de  margaritas silvestres que he recolectado para ella. Las cenas también son ligeras: Un huevo pasado por agua, que yo le preparo con esmero, cronometrados dos minutos y medio exactos desde que el agua hierve, y una ensalada de pasta o de lechuga con espárragos. A medio día es cuando le cocino lo mejor: manjares simples pero muy elaborados -aunque me esté feo decirlo- con un vaso de vino rojo, procurando que no se enteren mis compañeros. Todas las noches vierto alguna lágrima espontánea al despedirme de ella, debajo del pasamontañas. ¡No sé que ha podido ver en mí!. Su mirada agradecida lo justifica todo. Lo que yo siento por ella se llama amor. Lo que ella siente por mí es el típico Síndrome de Estocolmo.

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