Síndrome de Stendhal (MARÍA M. DEL RÍO)

O ha sido eso, o las ocho horas vagando por Roma. Me mareo junto a la estatua de Goethe. Se acerca un joven y me pregunta con acento alemán si estoy bien. Yo no soy de esos, no, pero qué belleza. Charlamos. Hablo de la reunión que me ha traído aquí solo dos días. Sonríe mucho. Fumamos. En cuatro frases veo que es muy culto, quizás arqueólogo o profesor de literatura. “¿Tu mujer?” No sé por qué estoy incómodo: “Odia viajar, pero la echo de menos.” Él vive con un caniche.
Soberbio espectáculo el del anochecer entre las ramas de los árboles. Bromeo mirando a la estatua: “Ay, Herr Goethe. Vendería mi alma al diablo por pasar dos horas más yo solo en Villa Borghese.” Él se vuelve: “¿Tan fácil va a ser?”
Ahí empieza el delirio, la excitación insoportable. Abrir puertas. Encender luces. Cómo pueden decir que el mármol es frío. Palpo, veo y aspiro hasta sentir dolor.
En algún momento me ayuda a salir.
Cuando despierto entre sábanas negras, mi móvil está en la mesilla. Las fotos son obscenas, explícitas, terribles (quién las habrá hecho, para que se nos vea así a los dos) y todas han sido enviadas a Margaret.
La nota dice: “Esta vez no quiero tu alma. Te la devuelvo libre.”

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